viernes, 30 de diciembre de 2016

La esperanza, por sobre todo…



            Dijimos ya en un capítulo anterior que es importante la esperanza. Y esta viene de manera natural después de la etapa de la tristeza. Todo a su debido tiempo.
            Ya el sólo hecho de someterse al tratamiento, cualquiera sea el tipo, es una muestra clara de que hay esperanzas. Muchos detalles son indicativos de que nos alienta la esperanza de vencer el cáncer. Por eso se va al médico y se acude a la ciencia para que nos ayude. Habrá quien rece o haga una promesa a algún santo, y es muy válido y útil que así sea porque se trata de aumentar la esperanza. Pero, acompañado de las obras. Es decir, con la debida asesoría y sometimiento a los adelantos de la medicina. Y dejar todo a la voluntad de Dios, que quiere la salud, de manera definitiva. Decir lo contrario, no es esperanza. E ir absolutamente abandonado y con la certeza de que superará.
            El primer obstáculo son nuestros desánimos y nuestras ganas de no seguir. Ese es el primer problema. Aún así no hay que bajar la guardia, como se dice. Pero no se trata de hacer un recetario, como ya hemos dicho, con esta, la tercera vez. Hay que aferrarse a que todo saldrá bien. Y, si no, pues se intentó.
            Habrá muchos métodos, como, de Programación Neuro-Lingüística, Medicina Mente-Cuerpo, Medicina Transpersonal, Psicooncología, Psiconeuroinmunología y otras técnicas afines. Estas son herramientas ya profesionales para elevar la autoestima en momentos tan difíciles. Si se puede asistir, hasta sería beneficioso. Pero no todos tienen esa posibilidad y tiempo disponibles. La lectura y la escritura, como en el caso mío, es una herramienta muy útil. Muy pocos tendrán esa herramienta y facilidad. Otra ayuda sería la de conversar con la propia familia, pero evitando el sentido lastimero, que en nada nos ayudaría. Hay que tener dignidad, por sobre todo. Creo que esta sería la primera terapia: nuestra dignidad de personas, a pesar del cáncer. Evitar a toda costa que nos tengan lástima. En nada nos ayudaría. Con la cabeza en alto, aunque la procesión vaya por dentro.
            Otra herramienta sería y es la del rezo. Y es la más natural y muchas veces la más efectiva. Es la herramienta común y la más utilizada. Lo importante es que nos ayuda a abrigar que todo será mejor. Entonces, pues hay que acudir a ella, pero evitando la división entre la acción y la petición. Es decir, “a Dios rogando y con el mazo dando” como se dice en nuestros refranes populares. No hay otra. Rezando para que Dios nos ayude, y poniendo todos los medios para que esa ayuda sea efectiva y real. Algunos esperarán una intervención milagrosa; pero, el milagro se realiza en nuestra manera de enfrentar la enfermedad, dándole la batalla. En este punto, muchos verán la mano de Dios y se sentirán escogidos por Dios por su situación. Si eso le hace sentir bien, pues, tampoco hace daño que piense así. Piense así. Y seamos, igualmente, respetuosos.
            ¿Cuál rezo sería el mejor? El que nos ayude a encontrar paz. Tampoco se trata de una fórmula mágica, porque la enfermedad seguirá estando presente hasta que no se haya combatido totalmente. La experiencia del rezo del rosario ayuda mucho a encontrar la tranquilidad y la paz emocional, y es muy recomendable. No se puede negar la protección maternal de la Virgen María que nos comprende como sus hijos y nos alienta a seguir adelante, a pesar de los pesares.
            ¿Dios hará el milagro? Por supuesto, que ya lo está haciendo. Primero, ya Dios puso en la misma naturaleza todos los mecanismos de ayuda, tanto física como mentalmente. Ya esta haciendo de por sí el milagro. Después, le ha dado mucha inteligencia al hombre para investigar y estudiar y ayudar a mejorar la naturaleza. Ya eso es una confirmación de que si existe el milagro.

            Pero, ¿va a intervenir directamente Dios para cambiar el rumbo de la enfermedad? Ya lo está haciendo… El milagro se está dando… Esa es la esperanza y no hay que soltarse… Corresponde, ahora, no perder el sentido de la historia, por parte nuestra. Esa es la clave… Pero, hay que tener cuidado, porque muchos confunden la voluntad de Dios con el determinismo o el destino. 

Atenciones caseras…



            No se puede negar ni mucho menos ignorar la importancia que tienen los complementos médicos que se aplican en nuestras casas. La experiencia de la vida hace que haya un repertorio de medicinas caseras que ayudan realmente en estas circunstancias. De seguro es muy larga la lista que se puede hacer de esos complementos, pero solamente vamos a dar unos, de acuerdo con nuestra experiencia, sobre todo para subir la hemoglobina y mantener las plaquetas en su justa medida. No se debe tampoco olvidar que la predisposición mental que se tenga hace que éste o aquel otro alimento preste los beneficios, que ya de antemano le estamos dando en nuestra mente y creencia, fruto de una cultura determinada. Solo así tendrá efecto lo que se tome o coma, como por ejemplo:



  • La pomalaca
  • La guayaba
(aunque a algunos los coloca estíticos)
  • Las paticas de pollo
  • La fresa
  • La mora
  • El níspero
  • El pescado, sobre todo las sardinas
  • La banana
  • El pimentón
  • La remolacha
  • La Zanahoria
  • Agua de coco.




Es muy importante tener bien la hemoglobina y las plaquetas. De lo contrario, se suspende el tratamiento y sería triste que se retrase ya que sería darle más chance a la enfermedad. Pero, con todo ello, no debemos olvidar que cada caso es muy especial, como tampoco el hecho de en cada caso también depende de una dieta si es que la pudiese haber. E, igual, se trata de ser muy respetuosos, como se ha pretendido mantener claro en este libro y que es la posición más justa y equilibrada. Pero son válidos y necesarios todos los complementos caseros para ayudar a mantener todos los valores en su nivel y continuar así con todo el tratamiento de las quimioterapias.

No somos los únicos en la misma realidad



            Bien dicen que “mal de muchos, consuelo de tontos”. Pueda que lo sea. Sin embargo, no somos los únicos que estamos experimentando la realidad del cáncer. Sabemos que en nada nos ayuda, pero es muy importante saber que hay otros con la misma realidad y están haciéndole frente a la enfermedad. Nos somos los únicos.
            Y, en parte, podemos dar gracias a Dios, que así sea, ya que gracias a esa verdad, la medicina como ciencia ha avanzado mucho y se han hecho muchos adelantos y conquistas, al respecto. Si ayer los que tenían cáncer tenían que someterse a la práctica que se conocía entonces; hoy, los adelantos son mayores y los tratamientos son más llevaderos, precisamente, gracias a todas esas experiencias acumuladas y gracias a gente que se dedica al estudio y a la investigación. ¡Cómo no estar agradecidos!
            Si nos dedicáramos a realizar una encuesta sobre el cáncer, encontraremos que un alto porcentaje ha sufrido o está sufriendo esa experiencia, ya a nivel personal, ya a nivel de familia. O sea, algún miembro de todas las familias ha tenido o tiene un paciente de esta enfermedad. Entonces, ¿por qué hacer una tragedia de una realidad tan común? Sin duda, que es un falso consuelo, pero, no se puede negar que es una gran verdad.
            Así se pudo evidenciar en los días de las quimioterapias. Es sorprendente la cantidad de personas que tiene cáncer. Cada vez que asistía a las quimioterapias había personas que en la anterior no había visto, y en cada caso, una situación muy particular. Y caso de casos. No nos pongamos a comparar, porque sería una falta de respeto. Cada cual lo tenía y cada cual lo llevaba con sus consecuencias; pero, lo enfrentaba, que es lo más importante, y es lo que vale. Lo demás, es añadidura. Añadidura lastimera o comparativa que no contribuye en nada. Cada caso es cada caso con sus particularidades.
            El comprender, tal vez, que no se es el único, puede que ayude a levantar el ánimo, en caso de decaerse anímicamente. Ayuda, igualmente, a levantar la cabeza, así esté rapada, con naturalidad. Con naturalidad de una persona que está atravesando una circunstancia especial, pero que es persona. En este sentido creo que es conveniente colocar los decálogos del enfermo y de los parientes del enfermo, que aparece en el libro Por culpa de la tripa (o gracias a ella), y que tal vez ayude:


Decálogo del enfermo:

1)       Está enfermo, no inútil. Procure hacer sus cosas sin necesidad de estar molestando a la familia.
2)       Procure que no le estén dando la comida en la boca cuando usted mismo lo puede hacer. No está inútil.
3)       Procure no quejarse tanto. Se sabe que le duele, aquí o allá, en los dos lados al mismo tiempo, pero no haga sufrir a la familia que quiere que usted no sufra. Pero aguante.
4)       No ponga cara de victima, que ya todo el mundo sabe que está enfermo.
5)       Ponga cara de elegancia, a pesar de los pesares, y no busque llamar la atención ni buscar dar lástima.
6)       Tenga dignidad como persona. No se deje manipular por los que quieren ayudarle, ya que ellos también, en su muy buena intención buscan inutilizarlo más de lo que ya está por lo postrado en la cama.
7)       Mantenga su propio aseo, si es posible hacerlo por usted mismo. Es muy lastimero llegar a ese extremo de que le tengan que colocar hasta el envase para orinar o lo otro debajo. Si usted puede hacerlo y levantarse, hágalo. No haga más deprimente la situación.
8)       Sea firme en darles un parado a la familia que quiere que usted no haga nada porque todo se lo quieren hacer ellos.
9)       Sea agradecido con todos. Por lo menos sonría y hable con cariño ya que todos están muy sensibles y una palabra disonante de su parte les duele mucho a ellos. Haga que todos, con todo y todo, se sientan a gusto de estar a su lado acompañándolo.
10)    Procure hablar de otras cosas que no sea de la enfermedad, aunque a veces es inevitable.
11)    No eche las culpas a nadie. Así es la vida, y qué le vamos a hacer. Sufrirla y vivirla como viene y venga. “Lo que jué, jué, dijo la boba”, como dice el refrán. O sea, que la boba no era tan boba, era inteligente, y no está echando culpa ni a nada ni a nadie.

Decálogo para los familiares del enfermo:

1) El enfermo está enfermo, no inútil. Deje que él puede hacer algunas cosas por él mismo.
2) Evite el sentimiento de paternalismo que paraliza y estupidiza al enfermo. Él puede solo. Déjelo.
3) Ayude a que el enfermo tenga respeto por sí mismo. Es una persona que tiene dignidad. Respétesela y haga que él mismo la respete.
4) No sienta los males que el enfermo siente, ni tampoco le invente más males de los que ya tiene. Es decir, a veces, al enfermo no le duele la cabeza y a veces la familia inventa que le duele la cabeza y comienza a tratarlo como tal. Eso indigna al enfermo que tiene respeto y dignidad.
5) No manipule al enfermo para que haga esto o aquello otro, porque está enfermo. Respételo. Y si el enfermo dijo que no a tal o cual cosa o sugerencia, no se la imponga. Respételo.
6) No se deje manipular por el enfermo, que a veces, saca partido y ventaja de su situación.
7) No ponga cara de lástima cuando venga a verlo o cuando está acompañándolo. Eso fastidia al enfermo que se respeta además de contagiar energía negativa.
8) No hable muy duro ni tire las puertas de la habitación porque eso perturba la mente y la estabilidad emocional del enfermo que está muy sensible.
9) No esté sobando al enfermo más de la cuenta. Algunos familiares comienzan que si a sobarles las manos o los brazos como si con ello aliviaran el mal. El mucho contacto físico fastidia. Guarde su debida distancia. Todo donde debe estar.
10) No apurruñe al enfermo, ni le hable así como a niño recién nacido, así como, chuuucucuucuu. Eso molesta e indigna. Es el mismo fulano pero que está enfermo, no un fulano que ahora es un fulanito o niño. No exageren.


            Tal vez sean un poco duras las recomendaciones, pero se trata de estar enfermo, pero con dignidad y respeto. Nada ha cambiado: se es la misma persona con su historia, pero en una circunstancia especial. Y es importante señalar que las circunstancias son pasajeras, por un tiempo determinado. Por eso se llaman “circunstancias”;  es decir, que pasarán. Y nadie es la circunstancia, eso es añadidura existencial. Que Dios nos ayude a mantenernos por sobre las circunstancias, a pesar de todo, y a pesar de los pesares. En otras palabras, son una particularidad del Viernes de crucifixión que nos toca vivir, para poder llegar al Sábado de Resurrección. Y esa verdad es teológicamente existencial e iluminadora para toda la vida.
            Tenemos que saber poner barreras para no dejarnos invadir, aún, cuando nos toque ser, tal vez, un poco duros. Pero es necesario. No hay otra si queremos mantenernos en la línea que llevamos hasta ahora en este libro.

Chévere, cambur pintón

(y el por qué del título del libro)




            Existe un libro que lleva por título Yo estoy bien, tú estás bien (I'm OK, You're OK, por Thomas A. Harris MD) escrito en el año 1969, considerado un libro de autoayuda. Tal vez, un poco influenciado por ese libro, y que marca las pautas para estar bien, que comienzan en uno mismo, inspira un poco para el título de nuestro libro. Tal vez.
            También existen muchos refranes venezolanos que nos aleccionan con su sabiduría, como también algunas prácticas para afinar el instrumento musical que nos identifica, como el cuatro. Cuando ya el cuatro está afinado y listo para tocar una canción, el cuatro debe sonar, según los oídos de los músicos, como “cambur pintón”. Entonces, ya está todo listo para utilizar el cuatro, después de ajustar las cuerdas en sus respectivos ajustes en la cabecera del mango del cuatro. Y comienza el deleite musical.
            En nuestras expresiones populares, también, existe una manera de responder a un saludo, o de calificar una cosa o situación. ¿Cómo estás hoy? Y algunos responden “chévere, cambur pintón”. O, ¿cómo está la fiesta, o tal otra cosa? “Chévere, cambur pintón”…
            Toda esta manera, sin duda, que manifiestan y expresan lo divertido que somos los venezolanos en nuestra cotidianidad. Y, no solamente eso, sino que llevamos ya como marca que nos identifica el hecho de ser muy optimistas. Ya lo expresa la frase que estamos utilizando. Y tiene una gran enseñanza, porque el cambur, todavía no está maduro, pero ya no está verde, sino pintón. Es decir, con esperanzas de que ya nos lo podremos comer bien maduro, en caso, de que se decida comerse así, sobre todo sancochado, que también es muy sabroso, o asado. Depende de los gustos y del paladar. Pero, si se espera un día más, tal vez, ya esté bien maduro, y será más sabroso y nutritivo.
            Definitivamente, existe en esa frase una gran carga de optimismo y de visión de futuro. O sea, que las cosas están como están, pero se pondrán mejor. Más, aún, así como están, todavía es aceptable, porque podría estar totalmente verde. Es decir, que como están las cosas, están como en el justo medio; y está bueno así. O sería lo mismo a decir: “a que podríamos estar mejor; pero, podríamos estar peor”; O sea, que así como estamos, estamos bien, a pesar de todo. O, como reza aquel refrán: “así como vamos, vamos bien, decía la loca; y la llevaban de los cabellos. No es una manera muy cómoda que digamos la manera de llevarla, pero, la loca era feliz así, que era lo importante.
            Esa misma manera de ser inspira el título de este libro, refrescado por la llamada de teléfono, como se dijo en el prólogo. Y esa misma idea se ha querido plasmar en los colores de la contraportada con una combinación de verde hacia amarillo, para indicar, precisamente, la imagen de los colores de un cambur pintón. No está totalmente verde ni amarillo, pero está lleno de esperanzas porque va a madurar, que es lo que se quiere. Eso en cuanto a los colores de la contraportada.
            Respecto a la imagen de un curita, tiene también su significado. Quiere decir, que no por ser sacerdote se está exento de estar sometido a todas las propiedades de la caducidad de lo creado. Aún a las crisis que supone la noticia y el hecho de tener cáncer. Con cada crisis que eso supone. Eso, por un lado; por otra parte, me pareció que ese muñeco que me regalaron hace algunos años, tiene su importancia por lo que significa un regalo que sintetiza lo que se es, en este caso, en lo que soy. Además, tiene un rosario en la mano, como queriendo decir, que está en lo que está, en lo suyo con su oficio de rezar y orar. Me pareció que ese detalle para portada, no podría ser mejor. Con ello, se le da a la portada un toque de jocosidad y simpatía, además, de hacer referencia al capítulo de “fieles a la historia en las tentaciones de Jesús en el desierto”.

            A estas alturas, ya he recibido la tercera quimioterapia, y, a decir verdad, todo sigue bien. O sea, “chévere, cambur pintón”…

Todo sigue su curso…



            El hecho de tener cáncer y estar sometido a todo el tratamiento que ello requiere, no significa que las cosas han cambiado. Todo lo contrario. Más bien, todo se confirma en la continuidad de la vida. No se niega, sin embargo, que se corre la tentación de abandonarlo todo y dedicarse a no hacer nada. Eso sería catastrófico ya que nos dedicaríamos al ocio y allí la loca de la casa (es decir, la imaginación) nos daría un paseo por mundos y situaciones mentales que en nada nos beneficiarían.
            Toda una vida en una misma actividad hace que la persona se identifique con esa misma actividad. En cierta manera, verse y sentirse fuera de ese ambiente sería experimentar que ya no se es útil. Sería muy doloroso y en muchos casos llevaría a la muerte más rápido. A toda costa, hay que evitar esa experiencia de inutilidad, aún con la realidad de tener cáncer. La vida continúa. Por supuesto, que en algunas cosas tendremos que bajar un poco la actividad ya que las fuerzas no son las mismas y el desgaste físico no se puede negar. Inevitable. Pero la vida continúa.
            En el caso del párroco, igual. Nada ha cambiado. Y, mientras haya fuerzas y vitalidad la mejor medicina mental es seguir en su propia actividad. Cada cual tiene su propio lugar teológico de santificación, como nos dicen muchos documentos oficiales del Magisterio de la Iglesia, muy en concreto la Pastore davo vobis. Pero, no nos vamos a colocar en este momento a ser majestuosos con citas de documentos, ni nada de esas materias, que no son el objetivo de este libro.
            Todo sigue como antes. Nada cambia en cuanto al ritmo del tiempo. Cambian las circunstancias de los seres que viven sometidos al tiempo y eso es la existencia humana y su historia. Cada cual en lo suyo y con su realidad.
            En los días inmediatos correspondían mis vacaciones. Las tomé porque las necesitaba, pero, sentía la necesidad de volverme a la parroquia. La idea de no hacer nada y de quedarme inactivo me inquietaba. Ciertamente, necesitaba descanso físico porque el cuerpo me lo pedía, pero, el hecho de estar inactivo me producía aburrimiento. Viajar no podía porque estaba atado a las citas y consultas obligadas al hospital y eso implicaba quedarme; además, estaban las quimioterapias que correspondían cada veintiún días, y la cuarta, era para mitad de agosto. No tenía mucha libertad de acción en cuanto a tiempo disponible, en caso de querer viajar. Manejar, por lo menos, por distancias largas hubiese sido una imprudencia. Pedir a otros que manejaran por mí, implicaría que dejaran sus quehaceres y obligaciones, y eso no me gustaba, y no me gusta. Porque cada cual tiene que cargar con su realidad. Y se trata de ser lo más independiente posible. O sea, que no tenía otra salida que quedarme sin inventar mucho. Dedicarme a visitar algunas familias no me entusiasmaba ya que no quería generar lástima, y, además no estaba muy conversador como para estar haciendo visitas. Opté desde un comienzo bajar a la parroquia los sábados a bautizar, y los domingos a celebrar las misas de la mañana y de la tarde, como asistir todo lo que se presentara en ese día, desde unas exequias, o atender enfermos, o atender a las personas que viniesen a conversar con el párroco. Y eso me hacía mucho bien, porque me hacía sentir útil y ocupado, además de convertirse en una ratificación de mi realidad, que en nada había cambiado, a pesar de la circunstancia del cáncer. Porque de hecho nada cambia. Todo sigue igual porque se trata de la misma historia, con una nota especial. Nota que es y era circunstancial, como ha de serlo todas las notas añadidas de las peculiaridades y particularidades de cada situación.
            Los efectos de la quimioterapia se estaban sintiendo esta vez un poquito más. Pero, como no se trata de colocar modelos de los posibles efectos, para mantenernos fieles a los que hemos hecho ya, sólo digamos que los mareos se habían presentado en más cantidad que las veces anteriores. Y, era de suponer por la cantidad de químico que había en el cuerpo. Cantidad acumulada de tres quimioterapias, por supuesto, a pesar de que hubiese sido ya procesado por el cuerpo. Pero, se sentían los efectos y consecuencias. Una cosa comenzó a preocuparme en esos días. Había tenido fiebre ocasionada por una gripe. Y eso preocupaba porque con las defensas y los valores bajos, cualquier virus podría venir a hacer estragos. Y daba miedo. Justo en este momento que estoy escribiendo esto mismo que usted está leyendo estoy con fiebre de la gripe. Y no se sabe qué será mañana. Esperemos que no haya complicaciones.

            Algunas personas habían venido a la parroquia a buscar el libro Por culpa de la tripa (o gracias a ella) que ya se había impreso y publicado a nivel de papel, porque ya se había colocado desde un comienzo en Internet, y algunas personas ya lo habían leído, e, incluso hasta lo habían impreso. Los comentarios generales eran muy alentadores. No era una tesis donde se tenía que demostrar algo. Era y es, más bien, una experiencia compartida. Lo demás no entraba en los planes del libro. No se buscaba hacer ni filosofía, ni teología, ni psicología, ni nada de eso… Solamente contar la experiencia que se había tenido, y muchas personas, lo tomaban como era y como es, sin más, ni menos. 

No ponerse a inventar…



            En los días en que estaba recibiendo las quimioterapias fui invitado a un taller de autoayuda. El taller era para pacientes de cáncer y los familiares. Acepté la invitación. Había que llevar a un familiar. Invité a uno de los míos que me  acompañó para el sábado que había sido programado. Algo así como Alcohólicos Anónimos, en donde asiste, por un lado, el paciente, y por otro, la familia, para saber tratar con la enfermedad, y en donde juega un papel muy importante la fuerza de voluntad por parte del enfermo, pues, en ese caso particular no hay otra medicina que su propia voluntad de no tomar. Y la comparación en este caso es válida ya que en ambas situaciones, la mente y la fuerza de voluntad son elementos que no se pueden obviar. Aunque en el caso del cáncer todo depende de la quimioterapia en un gran porcentaje, pero también de la manera en que se enfrente mentalmente.
            El taller comenzó a las nueve y media de la mañana. Éramos como unas veinticinco personas, entre pacientes y acompañantes. El ponente o animador del taller comenzó su presentación tipo show o espectáculo de televisión. Se ayudaba con material audiovisual con música y diapositivas a través de un videobeam y una laptop. Jugaba con las imágenes y con la música en una sincronización perfecta. Tenía en su mano el control y regresaba o adelantaba a placer la imagen o la música que ya tenía programadas para esa mañana. Intencionalmente colocó una música y pidió disculpas diciendo que esa música no era buena, que era mejor la siguiente, y la colocó a su antojo programado. Y la música era muy pegajosa y con una letra que le hacían a uno sudar las medias. El comenzó a aplaudir y animaba a que los que estábamos en la sala lo hiciéramos junto con él. En la pantalla que todos teníamos al frente aparecían algunas imágenes y en cada una de ellas iba apareciendo la letra de la canción por párrafos, de acuerdo como iba sonando la canción de fondo, tipo karaoke. Eso hacía que el efecto de la canción llegara hasta lo más profundo al punto de llegar a llorar. Lloré. Saqué mi pañuelo para limpiarme los ojos que no paraban de llorar, pero parecía como una catarata, no tenían un stop que los frenara. Seguía como podía la canción y la letra en la pantalla gigante. Comencé a acompañar con las manos al igual que casi todos para palmotear al ritmo de la canción, sin perder detalle de la profundidad de la letra. La canción era como una cumbia, pero no colombiana (porque hay variedad de cumbias, también la colombiana) con una tendencia a como ranchera. No recuerdo ahora bien la letra sino trozos separados, por eso no puedo transcribir aquí ni siquiera un poco, y lo siento, porque pudiese ser de ayuda. El caso es que a mí me desubicó y me ubicó al mismo tiempo. Me desubicó porque no pensaba llorar ese día y me sorprendieron en mi mundo de emociones y no tenía otra salida que llorar. Si aplicamos lo que dijimos en los tres primeros capítulos de este libro, no sería otra cosa que una reacción instintiva y natural (del sistema límbico) dirigida a la “amígdala cerebral” que trajo instintivamente una respuesta acumulada, sin haber llegado a la neocorteza para racionalizarla.
            El animador del taller ya había logrado mucho en apenas dos o tres minutos, lo que dura una canción. No sólo en mí sino en todos porque todos se estaban secando los ojos con las manos, incluyendo a los acompañantes. Nos sentamos y nos dispusimos a lo que íbamos, sin darnos cuenta que ya estábamos, con la sola entrada de la canción con sus efectos emocionales positivos. El animador empezó su presentación después de auto-presentarse y nos fue llevando muy sutilmente a su terreno haciendo que nos fuéramos involucrando en el tema. Nos tenía a su disposición y si alguien hubiese tenido alguna resistencia, que en esos casos siempre sucede, a medida que se iba desarrollando la ponencia audiovisual dejaría los prejuicios y se abandonaría para adentrarse plenamente.
            Hubo una idea que a mí me marcó. Estamos en una habitación, decía el animador, en donde no hay ventanas, no hay puertas. Todo está sin salida. Ya se verificó y no hay posibilidad de salir por ningún lado. Ni por arriba, ni por abajo, ni en los lados… Las paredes de la habitación tienen la propiedad de irse cerrando poco a poco hasta llegar a juntarse. De manera que quien está dentro queda aplastado por las paredes. Empezó a cerrarse y a juntarse las paredes. Estoy en medio de la habitación. De repente miro hacia el piso y veo que hay doy compuertas. En una dice: “dos metros y medio de profundidad, lleno de excremento humano líquido, y treinta centímetros libres de aire para respirar”. En la otra dice: “metro y medio de profundidad, lleno de excremento humano líquido, y treinta centímetros libres de aire para respirar”. Las paredes siguen cerrándose. ¿Qué hago?... Abro la compuerta que dice: “metro y medio…” y me meto. Las paredes siguieron cerrándose hasta quedar todo compactado sin ningún espacio entre ellas. Y yo en el hueco de metro y medio con los treinta centímetros para respirar. Estoy respirando aunque todo lleno de excremento humano líquido…No tenía otra salida. No había opción, tan solo que hubiese escogido la otra compuerta, pero era de dos metros y medio…
            Lo importante es que estoy vivo - insistió el moderador- Eso es lo importante.
            Ahora bien. Puedo comenzar a quejarme del olor del excremento líquido, del asco que da, de lo repugnante de esto, de aquello, de lo incómodo del espacio donde estoy, y todo un mundo de mis situaciones…. ¿Me voy a quejar si lo importante es que estoy vivo? No tenía opción…
            Y en esta parte nos sorprendió el moderador. Yo también soy paciente de cáncer – dijo. A mi me diagnosticaron leucemia hace dos años… Y nos quedamos como identificados y el hombre comenzó a contar su historia… Impresionante, como la de cualquier historia similar, como la suya, como la del vecino, como la mía, como la de cualquiera… Impresionante…
            En su historia, el médico le dijo, después de comenzar a comprobar la sospecha del cáncer: “fulano… no invente… no se ponga a inventar”… No contento se hizo repetir los exámenes y le dijeron lo mismo. No satisfecho le dio todos los resultados a su hermano que era médico y éste después de hacer algunas consultas con sus colegas, lo llamó por teléfono para decirle lo mismo: “fulano… no invente”.
            ¿Y qué quería decirnos con no invente?
            Él mismo se respondió. Nada de ir donde el brujo, nada de colocarse una cola de conejo en el pecho, nada del guarapito de esto o aquello… Nada de eso… Simplemente enfrentar la realidad y someterse a la medicina, es decir, a la quimioterapia. No hay opción…con todo lo que eso implique… No hacer caso de cuentos de que allá o más acá curan el cáncer con un rezo o con una hierba… Nada de eso… No inventen…
            Siguió su ponencia. Su trabajo estaba haciendo los efectos de toma de conciencia sobre muchos puntos interesantes.
            Continuó. Después utilizó la imagen de un hombre cruzando de un edificio a otro a través de una cuerda, como tipo cuerda trapecio de circo. El hombre que lo cruzaba llevaba en esa primera imagen un portafolio en una mano y en la otra un paraguas para lograr mantener el equilibrio en la cuerda. En la siguiente imagen el hombre ya no tenía ni el portafolio ni el paraguas, y seguía en la cuerda. Iba sin nada y se mantenía en la cuerda avanzando hacia el edificio de destino. En la siguiente imagen aparecía el mismo hombre agarrado de dos ganchos tipo grúa, para poder mantener el equilibrio. En la siguiente aparecía el mismo hombre y  por los lados muchos ganchos tipo grúas… Y comenzó la moraleja… Los ganchos son necesarios de vez en cuando, pero no siempre, ya que los ganchos están fijos y no me permiten avanzar, tan solo que me suelte de ellos. Los ganchos no se mueven conmigo, sino que sirven para sostenerme en ese justo lugar en caso de que pierda el equilibrio… La meta es el otro edificio… Si me aferro a los ganchos no avanzo porque los ganchos están estáticos…
            Ya eran la once y cuarenta y cinco de la mañana de ese sábado. Le hice señas al moderador que yo y mi acompañante nos teníamos que ir (y no me vengan que primero el burro y después la carga) y le hice señas a mi reloj como para justificar que tenía más cosas qué hacer. Tenía bautizos en la parroquia y tenía que llevar primero al acompañante a su casa, después ir yo a almorzar y después bajar a la parroquia, cosa que requería su tiempecito, como de hecho requirió. El moderador asintió con la cabeza y nos sentimos como autorizados para retirarnos.Ya en la puerta nos volteamos y nos despedimos con movimientos recíprocos de manos. Y nos fuimos… Y no supe del resto del taller, cosa que lamenté, pero la realidad es la realidad y yo tenía que volver a la mía, porque nada cambia y todo sigue su curso en la historia. Nada cambia…
            Así que cómo no supe cómo fue lo que continuaba del taller no puedo contar más de lo que ya conté. Y queda dicho todo lo que ya está dicho con la enseñanza que llevamos en este libro (véase los decálogos), expresada de manera sorprendente en un taller de auto-ayuda.
            Comenté a algunas personas el contenido del taller y les referí lo que acabo de colocar más arriba. Todos a los que le conté les impresionó y decían que era fuerte. Que era terriblemente fuerte.

            Y está dicho todo al respecto.

La fe y la realidad…




            Sin pretender ahondar en muchas profundidades sobre lo que es la fe y sobre lo que es la existencia, es necesario que estas alturas tengamos claras algunas cosas esenciales para nuestro caminar.
            Lamentablemente, muchos piensan que fe y ser realistas es una contradicción. Y hasta se llega a separar que si se afirma tener fe, ya es suficiente para alejarnos de nuestra realidad. O, por el contrario, si se insiste mucho en la realidad, sería como negar que se tiene fe. A este respecto recomiendo mi libro titulado Preguntas y respuestas de toda persona inquieta sobre la oración, en donde se trata de estos temas con un poquito más de profundidad. Pero, digamos para tener en qué atenernos, que fe no es opuesto a existencia o vida concreta, o a realidad existencial. Más bien, la fe confirma la existencia. Ya el hecho de vivir encontrándole sentido a la vida, ya eso, es una prueba contundente de una auténtica fe, así no haya alusión directa a los conceptos tipificados de divinidad, en sus múltiples y variadas formas. Fe y vivir no se oponen. Vivir, ya es una prueba de fe. Porque la vida sin sentido no tiene sentido. Y el sentido de la vida lo da justamente Dios. Porque Dios es el sentido de la vida. Aferrarse a la vida es aferrarse al sentido de la vida. En otras palabras es aferrarse a Dios, que es su sentido. Y si cree que es un juego de palabras, vuelva a leer con detenimiento lo que acaba de leer, y verá que lo entiende y lo valorará. Si no, no hay nada qué hacer… Tal vez, vuelva a leerlo…
            Pero como la idea inicial de este libro, según petición de la Dra., es para que pueda servir de ayuda, dejémonos de ponernos filósofos, justo ahora. No digamos que no nos vamos a poner teólogos, ya que lo hemos estado haciendo desde un comienzo de una manera muy sutil, sobre todo, en los tres primeros capítulos. Tal vez, ya se percató de eso. Pero sigamos como vamos y en lo que vamos, con el estilo que llevamos.
            Antes de pasar a lo que quiero reseñar, hagamos una referencia al contorno mundial de lo que estaba sucediendo en el mundo en los momentos en que se estaba escribiendo este libro, y recibiendo el tratamiento. No tiene nada que ver con el libro, pero dijimos en el prólogo que el libro se iría escribiendo en la medida como fuesen sucediendo las cosas, y eso justifica que se haga, porque es parte del mientras vayan sucediendo las cosas. Se estaba celebrando las Olimpiadas de Beijing, en China. Venezuela se sentía muy orgullosa de haber mandado un pocote de gente, como nunca antes a una Olimpiada. Muchos estaban pendientes de las actuaciones de los venezolanos y de las posibles medallas. La gran promesa era en softbol femenino. Pero, “naranjas chinas, limón francés”, O sea, que nanay nanay… A la hora de las medallas, la opción parecía ser las medallas de la Virgen del Carmen, si acaso las habían llevado, porque por lo que se evidenciaba, las propias ni para olerlas. Y se había gastado, entre otras cosas, un palabrerío desmesurado antes y en el momento del envío para China. Pero… Lo más triste de todo es que los comentaristas de uno de los canales de la televisión venezolana, mientras transmitían los eventos de manera directa vía satélite, decían que los tales deportistas venezolanos con todo y todo seguían siendo la esperanza y que prometían mucho para las próximas Olimpiadas. Y esto sí que despertaba las ganas de reír. Ya que el presente era lo que contaba justo en esos momentos. Y el presente era que no daban la talla en ese o en cualquiera de los eventos deportivos que presentaban y en donde participaba algún venezolano. “Esto les ayuda mucho, porque tienen roce internacional, y van adquiriendo experiencia” – era el comentario por lo general de los comentaristas de ese canal. Y estaban justificando que no reunían las condiciones deportivas con consuelos alucinantes y muy fuera de la realidad. Porque la realidad era que no ganaban y a eso era a lo que habían ido. No sigamos con lo del softbol femenino. Y no digamos del boleibol… Jugaban como nunca y perdían como siempre… Además, qué desconsuelo y tristeza para los venezolanos dentro de cuatro años, ya que si los deportistas venezolanos de esta Olimpiada de Beijing estaban ganando experiencia y roce para las próximas Olimpiadas, significaría, entonces, que menos chance se tendrá para el año 2012. Pues tendrán cuatro años más viejos, y, ahí, sí que menos. O sea, que “no me…jora el enfermo”. Las experiencias de estos tiene que ser y quedarse con ellos. Porque dentro de cuatro años será otra la circunstancia y no se puede pretender que sean los mismos para lo mismo. Aunque sí otros más de los mismos para lo mismo. Como que se empeora el enfermo… Bueno sea este comentario y repitamos lo que dijo la boba: “lo que jué, jué” (con “j”, no ve que es boba la boba, y por lo visto muy realista).
            Ahora volvamos a lo que íbamos. Y era lo de la fe y la realidad, que también tiene su aplicación con lo que se acaba de referir. Pero, en concreto a lo nuestro. Y quiero referir tres experiencias personales para ilustrar el tema que nos ocupa:
            Primera: Vino un día un señor portugués a solicitar que fuera a bautizar a su niña de ocho meses, que estaba muy grave y muriendo en una clínica cercana a la parroquia. Era 17 de diciembre. Cerca de las cinco y media de la tarde. El coro de la parroquia estaba cantando algunos temas decembrinos antes de la misa de ese día, que sería a las seis y media. Acompañé al señor portugués a la clínica. Nos fuimos en su carro. Llegamos a la clínica y entramos a la habitación donde se encontraba la niña y su madre ( de ella, de la niña). La niña estaba realmente muy mal. Le dije al padre de la niña, al señor portugués, que buscara un par de padrinos. Había que improvisar los padrinos porque era muy crítica la situación. Pedí un poco de agua en un envase para bendecirla y con ella bautizar a la niña, como manda el ritual del sacramento del bautismo, en el caso concreto de bautismo de niño en peligro de muerte. Trajeron el agua en un envase de vidrio. Bendije el agua. Aparecieron los padrinos, una enfermera sería la madrina. Yo había llevado la vela de la Candelaria y la encendí para iluminar con la luz de Cristo (es el sentido de la fe, por supuesto) y comenzamos la ceremonia del bautizo de la niña. Todo siguió su curso y terminó como comenzó, O sea, bien. Quedó bautizada la niña y el silencio era conmovedor por lo que se esperaba. Me despedí de la madre y de los padrinos, después de quitarme las vestimentas litúrgicas del caso, y el señor portugués y yo (ahora sí primero el burro y después la carga) nos dirigimos a la parroquia. Mientras íbamos por los pasillos de la clínica hice dos cosas que yo casi nunca hago porque no van en mi manera de pensar como sacerdote, pero, como no encontraba qué decir ni qué hacer, se me ocurrió, aún yendo en contra de mí mismo, porque no lo hago, pero esa vez lo hice, para seguir aprendiendo cada vez más. Mientras íbamos caminando le puse una mano en el hombro y le dije: -“tranquilo, señor, tenga fe”-. Enseguida, el portugués, se voltea y me dice: -“Fe, tengo, padre; pero, ni hija se está muriendo”. Y enseguida me dije: “toma lo tuyo… toma tu chocolate… quien te manda”. Y le quité la mano del hombro, un poco apenado por mi imprudencia. De hecho, el portugués había ido a pedir que le bautizara a la niña, justamente, porque tenía fe. No para que la niña se curara porque el cura la iba a bautizar. El bautizo no le iba a evitar ese trance. De hecho, se estaba muriendo.
            Segunda: Una vez sabida la noticia de mi cáncer mucha gente se me acercaba a manifestar de alguna o de otra manera su solidaridad y su manera de pensar. Los de la parroquia se manifestaban, además, con detalles materiales, como con algunas frutas, o jugos de distintos sabores, sobre todo, los llamados tres en uno. Hubo una familia que inclusive llegó con una sopa preparada un día, a media mañana. Yo les agradecía todos esos detalles. Algunos se ofrecían “a la orden para lo que sea”, pero no se manifestaban en nada más que en ofrecimiento, que en esos casos, están de sobra. Amor son obras, no buenas razones, se podría decir, que en este caso sería “no buenas intenciones”.
            Muchos venían y daban ánimo y valor a sus maneras.
            Un domingo, en esos días, vino una monjita. Muy misteriosa me dice que ya su comunidad estaba enterada de mi situación de salud y que estaba orando mucho por mí. Se agradece. Nos instalamos en la oficina para atenderle su visita. “Padre – me dice – es necesario que hablemos del cielo en estos momentos de su vida”. Le contesté de una que el cielo es un misterio y que de eso no sabemos sino por la fe. “Sí; padre, pero, hablemos del cielo” Le volví a contestar para recordarle que como misterio es misterio, y todo lo que nos toca saber es hasta el momento de la muerte, de ahí en adelante está en mano de Dios y su misericordia. “Sí; pero, Jesús nos prometió que nos va a preparar moradas en el cielo” – volvió a reponer ella, en la firme idea de que su visita estaba en esa línea y que venía para que habláramos de la muerte y de lo de después de la muerte, que por lo visto, era muy conocedora. De la muerte yo no quería hablar porque de la muerte estaba sabiendo yo en mi propio cuerpo al paso de los días. Le dí la vuelta para que comprendiera que ese tema por los momentos lo quería evitar y que lo del más allá corresponde al misterio. Aquí podríamos citar a Karl Rahner, uno de los grandes teólogos de nuestro tiempo. Dice:

Dios es el futuro absoluto del hombre. Y esto es lo propio de la antropología cristiana. El misterio imbarcable, que debe venerarse en silencio. Por eso nosotros, como cristianos, no hemos de hacer como si conociéramos familiarmente el cielo. Porque todo sigue siendo un misterio. Y un misterio que debemos venerar en silencio desprendiéndonos de toda imagen ante lo inefable[1].

            Tal vez, inspirado por esa verdad de teólogos no quería y no quiero hablar del más allá como si ya hubiese ido o lo conozco como mi patiadero, como se dice. Es un misterio. Respetando, por supuesto, la buena intención de la monjita, que si que era conocedora de esos mundos. Por lo visto, no le gustaba que no le permitiera el tema. “En todo caso – volvió al ataque la monjita – vea su enfermedad, padre, como una bendición de Dios”. Y ahí sí que tragué grueso y pensé: “para ella que no lo está viviendo en carne propia”. Y es cuando se siente que es mejor una visita de gente solidaria en la solidaridad y que no sepa mucho de mucho de lo que no se sabe. Y, sobre todo, que sepa respetar lo que hay que respetar, más en esas condiciones y situaciones. Era evidente, que la monjita se sentía incómoda. Al fin se despidió. La acompañé hasta la puerta hablando de generalidades. Al domingo siguiente se apareció con otra monjita más, cerca del mediodía, con algunas frutas para que buscara mantener bien las plaquetas y la hemoglobina. Se estuvieron el tiempo suficiente para entregar lo que traían. Tal vez, entendió que el cielo, por ahora, podía esperar y que lo mejor era mantener los valores de la sangre en su justa medida; además, tampoco yo es que tenga apuros porque el tiempo inmisericorde se encarga de todas esas cosas.
Aquí es muy oportuno colocar la maravillosa letra del cantante Juan Gabriel de su canción “abrázame fuerte amor”. Dice, la parte que me llama la atención justo para este momento, porque es desgarrador su contenido y muy real:

 “Abrázame que el tiempo pasa y él nunca perdona. Ha hecho estragos en mi gente como en mi persona. Abrázame que el tiempo es malo y muy cruel amigo. Abrázame que el tiempo es oro si tú estás conmigo. Abrázame fuerte, muy fuerte, más fuerte que nunca. Siempre abrázame”.

Tercera: Ya se sabía la noticia del cáncer del párroco de la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Barcelona; O sea, yo. Cada cual se manifestaba como podía, los que podían, porque les daba sentimiento acercarse a saludarme para no tener que llorar. Y, por más que yo no quisiera, también terminaba después de cada abrazo con los ojos húmedos, a pesar de hacer todo el esfuerzo para que no fuera así, pero era. Era domingo. Había terminando de dirigir y rezar el rosario y en esos diez minutos que nos quedaba para la seis de la tarde, que era la hora de la misa, me dispuse a saludar a algunas personas en el templo, como suelo hacer todos los domingos. Son saludos muy cordiales de parte y parte. Estando en esos saludos se me acercó una señora bastante joven y se me colgó del cuello y me dijo: “Padre, échele b…” (y pongámosle un pito como tipo censura, porque dijo una palabra que podría interpretarse como grosería, pero, no lo es, porque así hablamos los venezolanos; somos llanos y directos, bueno, algunos). Y, tengo que decir, que de entre todas las palabras de estímulo y de valor recibidos durante todo el tiempo, creo, que esas me parecieron muy sinceras y las recuerdo siempre. Y nos mantuvimos abrazados un buen rato, ella lloraba, y yo haciendo lo posible por no, pero, sí.
            Al domingo siguiente en la misa de la mañana referí las dos experiencias citadas aquí (la segunda y la tercera) y parece que nos permitió ubicarnos a todos, porque de eso se trata. Por un lado la fe, y por ese mismo lado la realidad. Sin separación.
            No quería ponerme serio, o por lo menos, muy serio en este libro, pero como a estas alturas de lo tratado se amerita, volvamos a citar a Rahner para repetir con él, que:

La escatología[2] no es algo adicional, sino que muestra una vez más al hombre tal como lo entiende el cristianismo: como el que alejándose de su presente actual existe hacia su futuro. En ese sentido, la esencia del hombre, la antropología cristiana es futurología cristiana, escatología cristiana. El problema está en que el cristiano está siempre tentado de leer e interpretar las afirmaciones escatológicas del cristianismo como reportajes anticipativos de un futuro que está por venir. Sabemos sobre la escatología cristiana lo que sabemos sobre el actual estado histórico-salvífico del hombre. No es que proyectemos algo en el presente desde un futuro, sino que proyectamos hacia su futuro nuestro presente cristiano en la experiencia del hombre consigo y con Dios en la gracia y en Cristo, pues el hombre no puede entender su presente sino como el nacimiento, el devenir y la dinámica de un futuro. Él entiende su presente en tanto lo comprende como arranque, como apertura de un futuro.
                Por "reino de Dios" y, más todavía, por "reino de los cielos", muchos entienden un mundo aparte, que está más allá de las nubes, y al que se llega después de la muerte. Pero se trata, todo lo contrario, de una realidad completamente de aquí, que actúa y se experimenta en esta vida terrena.
                En ninguna de las palabras de Jesús encontramos una definición de "reino de los cielos". Quizás, porque es una realidad que incluye de tal manera a los que creen en ella, que no se deja describir "objetivamente", desde fuera, sino que sólo puede ser vivida, experimentada y comprendida por aquellos que se aventuran en ella. Sin embargo, podemos decir que el reino de Dios significa:
                -- la proximidad de Dios mismo, una proximidad que acoge, perdona y endereza, el perdón de los pecados;
                -- la curación y liberación del hombre de todo aquello que le atormenta y le impide ser hombre...
                -- una nueva conducta de los hombres con sus semejantes: final de todo trato injusto con los otros, fraternidad en vez de dominio...
                -- plenitud de la vida: pan y vino en abundancia para todos;
                -- liberación del dominio de la muerte.
               
                Y en donde la imagen del reino de Dios es el convite: reino de Dios que significa alegría, comunidad, compartir, saciarse, unión con Dios.

En otras palabras, que el cielo comienza aquí en la tierra, como también su contrario, es decir, el infierno, en la medida en que hayamos optado por Cristo y su mensaje y hayamos optado por un estilo de vida moral, ya el bien, ya el mal. O, como dicen los teólogos al respecto, que el cielo es cercanía de Dios, e, infierno, alejamiento y distanciamiento de Dios. Y eso comienza aquí en el presente histórico concreto y real. ¿Y, después de la muerte, qué? Eso pertenece al misterio. La fe de la Iglesia que es pura y esencialmente en la resurrección nos dice que la vida continúa después de la muerte, ya tanto después de la muerte física y material, como en la muerte en las circunstancias del cargar la cruz de cada día, teniendo como modelo a Cristo, que es la Resurrección en excelencia, y el premio a los múltiples y de nunca acabar de los viernes de crucifixión que nos toca enfrentar cada día en nuestra historia. Siempre y cuando no sucumbamos bajo el peso de las circunstancias al perder el sentido de nuestra historia, sino, que a pesar de los pesares, seamos dueños de esas mismas circunstancias para cargar la cruz con dignidad y gallardía, a pesar de los pesares y los ayes de dolor y sufrimiento de nuestro acontecer en la vida. Ya se dice tan bellamente cuando rezamos la Salve y decimos, dirigiéndonos a la Virgen: “A Tí clamamos los desterrados hijos de Eva, a Tí suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Precisamente, para que la Virgen nos ayude a cargar nuestra cruz de cada día, evitando a toda costa la evasión de nuestra realidad, que es una de las tentaciones. Y como esa oración es tan bonita vamos a colocarla completa aquí para rezarla cuando podamos y nos hallemos en momentos duros y difíciles, como en el caso de tener cáncer:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.
Dios te salve.
A Tí clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Tí suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.
Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

Pero para llegar a alcanzar esas promesas de Nuestro Señor Jesucristo, es preciso pasar por la cruz del cada día, o por el Viernes de Crucifixión. O sea, que no hay sábado de gloria sin viernes de crucifixión… Es así. Así lo ha querido Dios, incluso para su Hijo, muy amado. Y eso es lo que nos ha enseñado justamente el Hijo para ser sus discípulos. Que la Virgen nos ayude a mantener fieles en nuestra historia. Amén.
En otras palabras, que no perdamos el sentido de futuro y eso le da al presente, por muy duro y pesado que sea, un sentido de esperanza. Y eso es el cielo. La desesperanza es haber perdido justamente la dimensión de futuro o del día siguiente, y esto podría ser lo contrario de cielo. ¡Pero cómo mantenerse en esa justa línea y espacio de límites! ¡No es fácil! Y no vengan con cuentos porque es muy duro, sobre todo, teniendo cáncer u otra enfermedad terminal. Es, entonces, en donde juega un papel muy importante la fe, sin duda. Fe en Dios. Fe en futuro, que es lo mismo, porque Dios es futuro en Cristo para el hombre.



[1] RAHNER, KARL, Curso fundamental sobre la fe, Editorial Herder, Barcelona, 1979.
[2] La palabra escatología deriva del griego ‘éskhata’, que significa "cosas últimas".